San Valentín, tin, tin, tin
A nadie que me conozca le extrañará que no crea en San Valentín. Realmente, todos saben que no creo en santos, ni santas. Además, me merecen el mismo respeto las vírgenes que las pecadoras insaciables. Todas, un gran respeto. Aunque, por otra parte, conociéndome yo un poco, y sabiéndome un enamoradizo convencido, debo reconocer que me gusta ver a la gente con sus sentimientos a flor de piel. Que busquen, aunque sea una excusa tonta y de calendario, para besarme, amarse o, simplemente decirse cositas bonitas al oído. Cada vez que veo a alguien con un ramo de flores en sus manos, y lo siento por los rosales, me imagino, ingenuo, mil historias de amor al lado de un jarrón repleto de vida vegetal que expira feliz.
Y el amor es así. Sencillo. Capaz de desparramarse ante cualquier oportunidad. Y ya puestos a celebrar, dudo que haya mayor argumento para sentirnos agradecidos. El que ama es capaz de dar lo mejor de sí. El amado es mejor persona, tiene una visión más positiva de la vida. Y si encima coincide que el que ama es amado, pues ya estamos en lo más de lo mejor. Amar conlleva compartir, disfrutar del otro y dejar que el otro disfrute de ti. Te obliga a abandonar tu ombligo para penetrar en el otro. Te anima a la aventura, te desafía para vayas a buscar fuera de ti, te socializa y te compromete. Sin el amor, el ser humano se desvanece y se desnaturaliza. Se agrieta y se embrutece. Se esconde y no comparte su potencialidad. Se pierde.
Por ello, aunque no crea en San Valentín, ni en San Pedro, ni en San Juan, ni en vírgenes ni santas, reconozco, que entre ruborizado y sonriente, disfruto al pasar por delante de una floristería y ver a hombres como castillos con exquisitos ramos de flores. No hay mayor ternura que ver como la ruda bestia cede ante la frágil belleza. Y es que el amor, tan viejo y tan fresco siempre, nos despierta y nos humaniza. Y eso tiene que celebrarse, pero no un día, ni bajo los designios de un santín, tin, tin, sino todos los días. Porque el amor no cansa, aunque sí casa. Pero eso ya es otro cantar.