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Dando la murga…

Estoy oyendo las murgas. Las oigo, no las escucho, ni las miro. Tengo el televisor encendido mientras escribo. Pero es la pantalla del portátil la que tengo delante de mí. Como una letanía, me llegan los pitos y algunas palabras sueltas. No capto el mensaje. Estoy dando por hecho que hay un mensaje más allá de los pitos, las múltiples voces y alguna soez. Percibo el ambiente carnavalero, ese ritmo característico, y no me desagrada pero no me apetece ir más allá. Pero no hablo por hablar. En este caso, no escribo por escribir. Que también.

Anoche, fui un poco más lejos. No me apetecía escribir ni leer. Tampoco ver un documental o una película ni perderme con mi ratón por el ciberespacio. Quise ver la retransmisión del concurso de murgas, aprovechando, además, que este año el espectáculo se podrá disfrutar en todo el archipiélago a través de la Televisión Canaria. Quise recordar aquellos ya lejanos años 80, en los que yo escribía entusiasmado sobre las murgas, que ganaban cuerpo en Lanzarote, donde no había mucha tradición anterior. Quise comprobar si era el frío que pasé en muchas ocasiones en aquellos años de público o jurado en el Parque Islas Canarias lo que me quitó la afición. Veía en aquellos años, más joven y hasta con pelo, en las murgas un expresión popular más completa y compleja que la simple escenificación carnavalera. Me gustaba y la entendía, me parecía creativa y mordaz, vislumbraba bufones colectivos armados de razones y sentido. Y aplaudía, muchas veces tiritando, a las tantas de la madrugada. Porque lo del reloj ese inmenso de ahora no existía. Aunque es verdad, que cuando las cosas se desmadran y no se les puede poner freno, mejor es regularlas y que duren lo estrictamente necesario.

 

La letanía, la música chillona y los comentarios de los locutores me ayudan a ver las diferencias. La primera es que veintitantos años más tarde nada es igual. Tampoco tiene que ser necesariamente peor, vamos. Pero esa es mi impresión, que confieso con todo respeto. Y sumo mi admiración por ese montón de gente que lleva años fieles a las murgas y al carnaval, como protagonistas incansables. Eso nada tiene que ver, ni hay contradicción. Son gente de aquí, que disfruta así y tiene todo el derecho a hacerlo a su manera. Pero yo echo de menos aquella creatividad e ilusión de aquellos años. Echo de menos ver al pueblo en las letras, en las canciones, en las escenografías que parecen ahora  que están hechas por el más zafio del grupo. No todas, ni ninguna en concreto. No se puede confundir popular con zafiedad; crítica mordaz con retahíla de palabras malsonantes. No se trata de eso. Sinceramente, lo pienso así, y lo digo como lo pienso. Nadie espera que sea un recital de García Lorca, ni mucho menos, ni letras de Quevedo. Precisamente, es todo lo contrario. Quieres encontrar las esencias de una manifestación popular construida en ambiente festivo, más razón para hacerse con tino y no sólo con vino, donde puedas acomodarte y reírte con tu gente, tus vecinos y amigos. Yo defendía las murgas como algo nuestro. Y si hay que seguir defendiéndolas lo hago encantado, pero, si no hay autocrítica, lo haré con todas mis fuerzas para defender algo de ustedes, ya no nuestro.

 

Siguen dando la murga en la tele. Tienen vía abierta en todo el archipiélago, en todos los hogares canarios. ¿En cuántos están viendo la retransmisión? ¿Es realmente histórica, como asegura el Ayuntamiento de Arrecife, esta retransmisión o simplemente es penosa? ¿Se puede tener un canal para retransmitir cuatro días las murgas de Lanzarote para todo el archipiélago, no bastaba con la retransmisión de una televisión local para una temática exclusivamente local? ¿No hubiese sido mejor retransmitir la final de murgas, como premio a las mejores, donde se haría llegar lo mejor de las murgas de Lanzarote a Canarias? ¿Cuánto cuestan estas cosas históricas que después no van a ningún lado? ¡carnavaaaaal, te quieeerooooo! Pipipi, pipipi, pipipi…

   

 

    

 

  

 

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