Roma es la ciudad indicada para surtir de contenidos nuestros sueños, y nuestras pesadillas. Podemos imaginar, por ejemplo, que compartimos un delicioso plato de spaguetti carbonara a ritmo de acordeón y que, cuando acabamos de sorber el último hilillo de pasta, nos toparemos con la promesa de un beso. O que disfrutamos de un espresso en el ambiente de la Dolce Vita de Via Veneto, quizás bebiendo de la misma taza donde posó sus labios Fellini entre toma y toma, en un rodaje en la Villa Borghese. O, de cara al Coliseo, o al Foro Romano, o al teatro de Marcelo, que dejaremos en el mundo un rastro que durará tanto o más que esas piedras. Incluso sentir el mismo valor que Anita Garibaldi, una criolla que conquistó el amor del libertador italiano y que, en un asedio, pocos días después de dar a luz, cogió a su bebé en brazos y escapó al galope a lomos de un caballo.
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