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Canarias aprendió por fin a cantar hasta ocho

 

 

El martes 26 de mayo de 2026, la calle Teobaldo Power de Santa Cruz de Tenerife volvió a vestirse de “guapa”, como cada quince días, para recibir a quienes representan al pueblo canario y defienden los intereses de esta tierra en la casa de todos los canarios: el Parlamento de Canarias.

Podríamos pensar que sería un pleno más, uno de tantos en los que Fernando Clavijo tendría que volver a defender a Canarias frente a quienes, desde Madrid, continúan tratándonos como una periferia a la que solo se mira cuando interesa, o frente a quienes, desde posiciones extremistas, pretenden incluso decidir cómo debe ser madre una mujer. Pero no. Esta vez ocurrió algo diferente. Las 70 personas que conforman el Parlamento, cada una con su carnet político, coincidieron en algo profundamente importante: que La Graciosa volviera a resonar con fuerza y que quedara reflejado, una vez más, que el corazón de Canarias late en ocho peñas.

Hoy puede parecer una obviedad, pero no siempre fue así.

Quienes pertenecemos a la generación Z que creció en La Graciosa lo hicimos bajo códigos no escritos que definían nuestra manera de convivir y entender la vida. Los problemas se solucionaban en la caja del supermercado de Margarona; “El Palo” era mucho más que un punto de encuentro: era un auténtico espacio de debate, donde cuando hablaba un mayor, los demás escuchaban. En casa de Agustina y Juan recogíamos las pastillas que Javier había recetado en la Casa del Mar. Juan Romero y Marcialito salían cada mañana y cada tarde en el Safari para llevar “al Puerto” a quien lo necesitara; no eran los barcos de ahora, pero entraban en Órzola incluso con viento del norte. En casa de Quela podías comprar pan por la mañana y pesar pescado por la tarde. Si aparecía un pájaro herido, llamábamos a Jeremías. Y Monse, el recientemente condecorado Simeón Páez, ha sido durante décadas el policía que ha acompañado la vida de todos los gracioseros, cuando aún lo recordamos en la puerta del colegio con el pelo algo más negro.

Todo eso era ser de La Graciosa. Una realidad que muchas veces, fuera de la isla, costaba entender.

Pero también crecimos con cierta sensación de magüa. Llegaba la actuación de Navidad y el profesor de música repartía la fotocopia del “Vamos, cantemos, somos siete…”.

Llegaba el 30 de mayo y el mural del colegio repetía lo mismo que aparecía en los libros de conocimiento del medio: siete islas. Solo siete.

Puede parecer absurdo hoy, pero esta realidad se vivió hasta hace apenas unos años. Y aquello despertó algo importante en nuestro pueblo. Todas las generaciones de gracioseros nos unimos para defender lo que siempre habíamos sabido: que La Graciosa es isla, pueblo e identidad propia dentro de Canarias. Fruto de esa lucha colectiva llegó en 2018 el reconocimiento oficial como octava isla habitada del archipiélago, y ahora, en 2026, damos un paso más con su inclusión en el himno de Canarias.

Ahora bien, si nos preguntan si esto es suficiente para que La Graciosa sea tratada en igualdad de condiciones con el resto de islas, la respuesta es claramente no.

No podemos entender, entre otras muchas cosas, que una vecina de 80 años tenga prácticamente que estudiar derecho urbanístico para poder cambiar unas ventanas deterioradas de su vivienda. Tras décadas acumulando figuras de protección sobre el territorio, no siempre se tuvo en cuenta que aquí vive un pueblo que necesita desarrollar su vida con seguridad jurídica, sentido común y dignidad.

La incertidumbre se apoderó durante demasiado tiempo de muchas actividades cotidianas y proyectos de vida en la isla. Por eso, los gracioseros esperamos con ilusión la aprobación definitiva del PRUG, un instrumento largamente demandado y necesario.

Y es justo reconocer también que, desde el área de Planificación del Cabildo de Lanzarote, se ha puesto especial ímpetu en acelerar su tramitación para que, de la mano de los vecinos y vecinas, se puedan desbloquear muchas de las cuestiones históricas que afectan a La Graciosa.

Porque proteger La Graciosa nunca puede significar impedir que los gracioseros puedan vivir en ella.

Por eso es inevitable esbozar una sonrisa de esperanza cuando vemos al joven diputado David Toledo defender en el hemiciclo la identidad de La Graciosa; el mismo que vemos en TV Canaria hablando del REF y del futuro de nuestra tierra, y que lleva integrada, como diría Olga Cerpa, “la última estrella pintada de verde sobre mi bandera”.

Se ha entendido. Está calando. Poco a poco, esta vez se ha cambiado el himno, pero Canarias empieza a mirarse más completa, más consciente de sí misma y de todas las realidades que la conforman. Y mientras eso ocurre, La Graciosa seguirá haciendo lo que siempre ha hecho: aportar humildad, identidad y orgullo a esta tierra que llamamos hogar.

Feliz día de Canarias.

Nieves Arrocha Martín.

elperiodicodelanzarote.com