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 Lanzarote: Diseñar para vivir, no sólo para posar

 

 

Hace no muchas décadas, Lanzarote exportó al mundo una lección revolucionaria: el turismo no tenía por qué destruir la identidad de un lugar; al contrario, debía adaptarse a ella. Aprendimos que el visitante venía buscando nuestra autenticidad, nuestro paisaje y nuestra forma de entender la vida. Hoy, lamentablemente, parece que hemos invertido la fórmula. Hemos empezado a diseñar una isla pensada exclusivamente para el que pasa aquí una semana, olvidándonos de quienes sostenemos este territorio los 365 días del año.

Hay una máxima urbanística que hoy es más urgente que nunca recordar en nuestra isla: Una ciudad diseñada para el residente es una ciudad que también disfruta quien nos visita. Sin embargo, cuando diseñamos única y exclusivamente para el turista, el residente se queda sin espacio.

Cualquiera que haya viajado por el norte de Europa siente una sana envidia al ver sus ciudades. Lugares donde el sol apenas asoma unos meses al año, pero que están vertebrados por imponentes parques públicos, grandes espacios libres, plazas vivas y áreas verdes diseñadas para el encuentro familiar, el deporte y el descanso.

En Lanzarote, bendecidos con el mejor clima del mundo, sufrimos la paradoja de tener un entorno natural privilegiado pero unos espacios públicos urbanos paupérrimos y volcados al cemento de las avenidas turísticas.

El desfase entre el escaparate y la realidad local

El problema no es el turismo; el turismo es nuestro motor económico. El problema es la gestión de las prioridades de nuestros gobernantes. Mientras los Planes de Modernización Turística avanzan con una agilidad administrativa envidiable para renovar hoteles, apartamentos y centros comerciales, los Planes Generales de nuestros municipios —las herramientas que deben ordenar las viviendas de nuestros jóvenes, las escuelas, los centros de salud y las zonas verdes— van a paso de tortuga, permaneciendo durante décadas en los cajones de las instituciones.

Centrándonos en nuestro municipio, Tías, es el ejemplo más flagrante de esta descompensación.

En los últimos siete años, la gestión urbanística local sólo ha tenido un monólogo: el Plan de Modernización de Puerto del Carmen.

Hemos visto cómo se agilizaban los trámites para dar uso turístico al suelo residencial del pueblo de La Tiñosa, favoreciendo nuevas construcciones futuras como el hotel boutique de la calle Salinas o incluso cambios urbanísticos para favorecer la construcción de un nuevo hotel en primera línea de playa en la zona de Matagorda.

Mientras tanto, la verdadera urgencia social permanece sepultada: el Plan General de Ordenación Urbana de Tías cumple este año la friolera de 21 años de antigüedad desde su aprobación en 2005. Veintiún años en los que el desarrollo de viviendas residenciales ha estado prácticamente bloqueado, siendo incapaces de desarrollar una sola unidad de actuación o plan parcial que dé respuesta a las familias y jóvenes del municipio.

Esta distorsión de prioridades la sufrimos en el día a día, en la política de los pequeños detalles que nos va arrebatando lo común. Lo vemos cuando el espacio del antiguo Minigolf del Hotel San Antonio, en lugar de recuperarse como un gran espacio abierto o un pulmón verde para el descanso de los vecinos, se saca a concurso para albergar un bar de lujo. O con los planes futuros que amenazan con privatizar las canchas de pádel de Puerto del Carmen, un servicio deportivo público que debería ser sagrado para el bienestar de los residentes. Se prioriza el negocio privado y el ocio enfocado al bolsillo del visitante frente al derecho del residente a tener infraestructuras públicas de primera categoría.

La paradoja de la acera y la brecha generacional

Nuestros mayores, con esa generosidad y hospitalidad que siempre ha caracterizado al pueblo conejero, miran a veces una acera rota o sucia en nuestros pueblos y se lamentan: "¿Qué va a pensar el turista si se cae?", "¡Qué imagen de suciedad vamos a dar!". Olvidan, en su infinita bondad y cultura de cuidar al turista, que somos nosotros, los que pisamos esas aceras los 365 días del año, quienes tenemos más posibilidades para tropezar.

Para ellos, el turismo fue la salvación frente a una isla de carencias, de hambre y mucho sacrificio, y por eso aprendieron a proteger al visitante a veces más que a sí mismos.

Pero esta misma inercia política que prioriza siempre el escaparate frente al interior de la casa está provocando una fractura dolorosa. Al estirar tanto la cuerda, las generaciones más jóvenes están empezando a ver al turismo como un problema y no como la solución que un día fue. Estamos perdiendo nuestra esencia anfitriona porque el residente se siente un extraño en su propia tierra. No podemos permitir que una mala gestión convierta el agradecimiento de nuestros mayores en el rechazo de nuestros hijos.

Hacia una prosperidad equilibrada

No se trata de ir en contra de las inversiones turísticas; se trata de exigir simetría. Por cada euro de dinero público destinado a agilizar el urbanismo vacacional o embellecer una zona comercial, debe invertirse el mismo esfuerzo político y económico en desbloquear el suelo residencial y crear los grandes parques urbanos que nuestros hijos necesitan.

Queremos un Lanzarote próspero, claro que sí, pero la prosperidad de una isla no se mide en el número de camas ocupadas, sino en la calidad de vida de las personas que hacen esas camas, que conducen los taxis, que atienden los comercios y que educan a nuestros hijos.

 

Para que Lanzarote siga siendo el orgullo de nuestros mayores y el futuro de nuestros hijos, empecemos a diseñar la isla pensando en quienes vivimos aquí y todo saldrá bien.

Hacer que el bienestar de todos nosotros deje ser la eterna asignatura pendiente para convertirse en la prioridad absoluta; este es y será siempre mi compromiso. Pero para lograrlo necesito la ayuda de todos ustedes, porque este trabajo nos pertenece a todos y solo juntos seremos capaces de hacerlo.

elperiodicodelanzarote.com