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La Primera (y última) Comunión

El mes de mayo, con aquello del cambio del sector primario por el terciario,  ha dejado de ser el de los pollos tontos para convertirse en el de las primeras comuniones. Sorprende ese correveidile en un estado que se declara aconfesional, donde las bodas por lo civil son mayoría y se apuesta de entrada y final por la pareja sólo de hecho. Tampoco les hablo de esos millones de divorcios y matrimonios de segundas y más nupcias. En cambio, todavía son mayoría los padres que visten a su niña de adelanto de novia pura y al niño de marinerito. Es, sobre todo, el peso de las tradiciones. Ya saben que España está llena de tradiciones, algunas tan humanitarias y vinculadas a la iglesia como esa en la que tiran a la cabra por el campanario para oír emocionados el “bluff” cuando se estalla su cuerpo contra el suelo en un impacto que es mortal por necesidad y regocijo de los parroquianos.

Los alrededores de las iglesias se llenan en mayo de niños y niñas que recibirán por primera vez el sacramento de la eucaristía. Algunos de ellos, por primera y última vez. Porque la fe de sus progenitores sólo llega hasta la celebración de la fiesta, en la que se gastan los ahorrillos, cosa tan rara en esta época, en disfraces para la niña/niño y comilona en un restaurante de postín para la familia y allegados. A muchos de esos padres apenas les he visto ir a misa, salvo entierro, boda, bautizo o en una devolución de visita por Primera Comunicación. En cambio, se afanan en celebrarla como si fueran hijos del Obispo, que alguno habrá, que ya sabemos que hay curas que después de la galletita y el vino se ponen un montón de cariñosos. Estos padres sacrifican vacaciones, la reparación del coche e, incluso, las clases particulares del chico/chica para que puedan hacer la Comunión como Dios manda. Y por lo que se gastan en restaurantes, estoy por pensar que el padre de Jesús sería carpintero pero algún tío o familiar cercano sería restaurador porque yo no entiendo si no para que manda semejantes dispendios en restaurantes. Además, tal como están las cosas, la invitación a esas fiestas, de pronovias, son todo un gasto hasta para los invitados. Tiene usted que ir bien acicalado y con un buen regalito debajo del brazo, porque, en caso contrario, corre el riesgo de llevarse un par de ostias también.

 A todos nos toca alguna ( me refiero a las comuniones, no a las ostias)  y, seguro, aunque no seamos creyentes y nuestros hijos no pasen por ahí, que nos animamos a compartir con el amigo/amiga ilusionada con la eucaristía de su hija, aunque no sepa porqué, aunque te reconozcan que él y ella en los curas y en la iglesia no creen, aunque te digan que no van a misa desde que ellos hicieron la Primera Comunión obligados por sus creyentes padres que no la celebraron en un restaurante sino en casa, con un puchero riquísimo y que se mataron entregando estampitas con su foto y que apenas cogieron unas pesetas. “¿Pero no se la voy hacer, Déniz? Sí la mayoría de sus amigas la van hacer y, al fin y al cabo, mal no le va a hacer y ella/ él hará después lo que quiera como hiciste tú y hemos hecho casi todos”, me dicen, buscando empatía que doy con una sonrisa cómplice. Ya tengo el traje preparado y los regalos comprados y deseando que llegue julio que yo sí me voy de vacaciones.    

P.D: Ahh, que me olvidaba, felicidades a las madres, que hoy es su día. Una celebración que dicen que inventó el Corte Inglés pero que la gente aprovecha para comprar los regalos en los bazares chinos porque la crisis es muy cruel.

 

 

 

 

 

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