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El 20 de abril: una manifestación necesaria

 Los indicios son una fuente básica en el despertar de los sentidos. No solamente en la actividad judicial criminalista, donde son precisamente los indicios los que llevan a las investigaciones para, posteriormente, juzgar, sentenciar y, si fueran consistentes, condenar. Se da en toda la extensa/intensa experiencia vital. Por eso, en el caso de la manifestación convocada para el 20 de abril, pongo menos interés en saber quiénes la convoca que en descubrir quiénes se ponen en contra. Parto de la premisa de que una manifestación, donde se demuestre que la población está viva y dispuesta a plantar batalla por sus derechos y sus sueños, es francamente positiva para el futuro de esta isla. Y muy necesaria.

Los políticos nuestros de cada día se han acostumbrado a no hacer nada y a hablar mucho. A trabajar poco y cobrar mucho. A buscar apoyos mayoritarios para, después, gobernar para minorías con tintes corruptos. La última vez que se puso a prueba la política lanzaroteña con un “examen de sorpresa” por la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil, en 2008, casi nos quedamos sin políticos, sin empresarios y sin amigos comunes de ambos. No fueron en las operaciones de álgebra donde fallaron nuestros representantes y los de la burguesía local sino en los casos Unión, Jable, Montecarlo y en todas y cada una de las piezas por separado y juntas que analizaron el comportamiento político y empresarial y el aprovechamiento ilícito de unos y otros.

No tenemos razones ningunas para confiar a ciegas en nuestros políticos. Ni una. No solo no atienden sus obligaciones para optimizar los recursos públicos y mejorar la calidad de vida de los lanzaroteños a la par que adecuan las infraestructuras y servicios  a las necesidades actuales y venideras sino que, por el contrario, despilfarran el dinero público en perpetuarse en el poder, enriquecer amigos, cuando no a ellos directamente, y toman decisiones que benefician a unas élites empresariales que funcionan como verdaderos cárteres, controlando de arriba a abajo la actividad económica con la complacencia, cuando no complicidad, de los políticos.  

Ni les sirvió como escarmiento la dura intervención policial y judicial que desveló lo que todo el mundo intuía en la isla, ni ha sido suficiente la pandemia que enfermó y mató a muchos de nuestros coetáneos. Como si de la peor hierba mala se tratara, seguimos sufriendo la peor versión de la política, engrasada en redes sociales y medios de comunicación, con el propio dinero público,  con simples toques de marketing político y personal que solo busca tapar las carencias, enrolando a los vecinos y vecinas más débiles en una actuación que ha hecho más ricos a unos cuantos privilegiados y más pobres a una cada vez mayor parte de la población.

En Lanzarote, no solo tenemos los políticos más incapaces y desvergonzados. También tenemos a los empresarios más insolidarios y tragones. Los mismos que han crecido de aquella manera en los últimos años, convirtiendo empresas en las que eran meros trabajadores en trasatlánticos empresariales personales gracias al entusiasmo con el que les han mimado y ayudado sus políticos de cabecera, han sido incapaces de mostrar solidaridad con las necesidades de la isla y el mínimo respeto con la protección del propio territorio. ¿Qué obra han hecho para bien del pueblo? ¿Cuándo han donado nada a la comunidad después de décadas facturando y facturando, enriqueciéndose y enriqueciéndose sin límite? Desde que se enriquecen, ya no reconocen ni a vecinos ni a familiares lejanos. Ya solo se codean con su político amigo y con el director del banco mientras hacen negocios con multinacionales o grandes grupos empresariales de fuera para ir en comandita. Si vienen de la mano de ellos, son señores. Si vienen solos, son explotadores. Eso no lo soportan: nuestros únicos explotadores tienen que ser ellos, sus políticos amigos y sus socios de cualquier parte del mundo. Su expresión favorita: “¿Y quién les paga los sueldos a los trabajadores?”. Se les olvida remarcar que tenemos en la isla los sueldos más bajos y que, encima, sufrimos la cesta de la compra más cara. O sea, que ellos venden sus servicios al mayor precio, incluido a esos trabajadores, pero pagan el sueldo más bajo. Dicen que es para no empeorar la competitividad. En definitiva, para no lastrar sus beneficios, cada vez mayores, con cosas tan insustanciales como el sueldo de camareras de piso, jardineros, obreros, hamaqueros, freganchines y demás puestos que traen de cualquier parte del mundo, aunque después dicen que están en contra de la inmigración.

Si alguien llega a Lanzarote y dice que no ve en la isla problemas de saturación es que está ciego o es presidente de la patronal turística. Si alguien te acusa de turismofobia por decir que más de tres millones de turistas anuales en Lanzarote es un disparate es que está sacando tajada de esa saturación o dirige la SPEL. Si alguien no te admite que des tu opinión, ni que manifiestes tu dolor, está claro que no lo está haciendo por tu bien sino por el suyo. Si a alguien le agrada todo lo que a ti te molesta, no puedes seguirle sin decir nada. Y si te ves obligado a hacerlo, mucho peor.

Si no quieren que te unas a otros para manifestar tu oposición, desconfía. Si hasta ahora, lo que ha sido malo para ti, ha sido bueno para ellos, ¿por qué te vas a parar en buscar lo que es bueno para ti porque ellos digan que es malo para ellos? Si les tienen miedo a las manifestaciones, a las concentraciones de la población, es porque saben que son una minoría privilegiada que ha usado lo de todos en beneficio propio. No hay nada más democrático que la voz del pueblo, donde mandan las mayorías. Con ese poder, no pueden ni con todo ese dinero que han amasado a espaldas de la mayoría.

Solo con ver la imagen hipócrita de esos políticos y empresarios cenando en el mejor restaurante de la isla, a cargo del pueblo, mientras por la mañana le negaron a un necesitado un vale de 50 euros porque no había presupuesto es suficiente razón para tirarse a la calle. Pero es que hay miles de razones, aunque todas se pueden simplificar en que, si no actuamos y exigimos responsabilidad, acabaremos sin calidad de vida y sin isla. Los ricos solamente tendrán que cambiar sus marcas comerciales a otros lugares del mundo. Pero, ¿y el resto? ¿Haremos como nuestros antepasados cuando se encadenaban tres o cuatro años de sequía y tenían que emigrar en las peores situaciones, metiendo incluso las cabras en el barco para buscar otro lado donde vivir?

 Que se vaya a una manifestación, no tiene nada de malo. No ir, sí. Quedarse en casa es mandarles el mensaje de que pueden seguir enriqueciéndose y hundiendo la isla a la vez. Que nadie les va a decir nada. Por eso ese afán de ellos de criminalizar las manifestaciones. Ellos lo tienen muy claro. Los que lo tenemos crudo somos todos los demás.

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