Sarito
Siempre fue Sarito. Tanto que hasta ahora, en el momento de su muerte, no sabía yo si su nombre provenía de Rosario o de Sara. La conocí cuando ella apenas tendría unos treinta años y yo cinco o seis. Era la madre de Pello ( Pedro José, como ella le puso y como siempre le llamó) y Mamé ( Juan Manuel), dos amigos de mi infancia con los que aprendí a jugar a la bola, a coger hierbas, buscar nidos y esas cosas que se hace en el campo. El hecho del parentesco, era mi prima, era menos determinante a la hora de ir a su casa que el buen pan de mantequilla y azúcar que nos daba de merienda. A los tres por igual, aunque Pello a veces rezongara en busca de más pan, que para eso era su madre. Mamé, que era más pequeño, no decía nada. Así, calladitos al fin, sentados delante del garaje, comiéndonos el pan con una mano y con la otra haciendo cualquier ruindad, pasábamos el ratito hasta la próxima partida de bolas.
En casa de Sarito, era uno de los pocos sitios, si no el único, en el que vi bolas de madera en Tías. Y allí me iba casi todos los días desde Los Lirios, cruzando la carretera, por el camino del Hoyo del Agua hasta llegar a su casa. Tanto era así, que alguna vez me llegó a preguntar su marido, Pedro Cañada, (al que yo admiraba en aquella época por su enorme puntería con las bolas y temía cuando se ponía serio) cuando llegaba de trabajar "si yo vivía allí". Sarito, que veía que yo me lo tomaba en serio, y me atufaba, con su risa contagiosa me decía que no le hiciera caso, que estaba de bromas, y, entonces, se reía él también.
Aprendí a jugar a la bola, tanto que Pello, que era el que mejor jugaba, ya se encargaba de que me tocaran las más gastadas a mí para él quedarse con las mayores y más redonditas. Y también a disfrutar de aquellas meriendas sencillas pero llenas de ternura. Pero, sobre todo, recuerdo la risa de Sarito, que siempre parecía estar contenta, estar dispuesta a ser feliz y hacernos felices a aquellos chinillos. Cualquier enfrentamiento entre los chicos era interrumpido por ella, intentando ser justa, pero, sobre todo, buscando que siguiéramos jugando sin alborotos ni peleas.
Intento recordar un grito, un reproche, una afrenta que me hiciera en aquellos años, aunque sólo fuera por proteger a sus hijos frente al otro, frente al hijo de su tío mayor, pero no soy capaz. Sinceramente, creo que no lo hubiera hecho nunca. Más bien al contrario, que restara protagonismo a los suyos para que aquel chico de cinco o seis años que era yo entonces no se viera discriminado ni mermado.
Hacía mucho tiempo que no la veía, aunque Pello y yo hemos recordado, emocionados, en muchas ocasiones, aquellos lejanos y añorados días. Y la vi, el 1 de noviembre pasado, precisamente, en el cementerio de Tías. Iba del brazo con su madre nonagenaria y su sempiterna sonrisa. La saludé y me contó lo bien que estaba su madre, a pesar de sus más de noventa años, tanto física como mentalmente. Y, mira por donde, la que se fue ayer, de forma completamente inesperada para mí, fue ella.
Siempre guardaré el recuerdo de la buena persona que fuiste conmigo cuando yo apenas era un niño. Si lo recuerdo tan bien, a pesar de los más de cuarenta años que han pasado, es porque fueron buenos de verdad. Descansa en Paz, Sarito.