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Pendientes de la cuba del agua

Los camiones de cubas podrían parecerse al de la foto, pero este no era de los Cedrés ni de Tías. Solo se pone a afectos de ilustrar el artículo.

En mi infancia, en los años setenta del siglo pasado, en Tías era más frecuente ver un burro o una burra amarrados delante de la puerta de las casas que ver un coche aparcado. Era un pueblo diseminado con un centro poco poblado y casas mayoritariamente separadas a lo largo de la carretera Tías- Macher y su variante hacia Puerto del Carmen. Separados por importantes claros de fincas cultivadas estaban los barrios de El Lugar de Abajo, yendo hacia Arrecife, al este; Los Lirios y El Hoyo del Agua, al oeste ambos, el primero al norte de la carretera y el segundo al sur. En la parte alta del pueblo, cerca de las montañas, estaban El Lugar de Arriba y Las Cuestas.

Fotos de Juan pedro Valiente Sepúlveda. Muestra de lo disperso que era Tías en la zona alta del pueblo.

 

Tías era (y todavía es, aunque es menor medida) un pueblo diseminado, construido en amplias parcelas donde también se daban cobijo al huerto familiar, la era, que servía para trillar la sementara y de “alcogía” cuando llovía. Los más pudientes tenían también lagar y bodega. Apenas en el centro, donde se concentraban los pocos servicios de la época, tenía un lejano parecido a una zona urbana. Allí estaban el ayuntamiento, la iglesia, la sociedad, la habitación donde atendía el médico, un par de bares, cuatro tiendas de comestibles, el colegio y una ferretería incipiente al albor de la construcción alimentada por la demanda de la también incipiente demanda turística.

El centro comercial, la manzana de los Ferrer

Había una parcela grande en pleno centro, entre las calles Avenida Central, Libertad y el Islote, con forma triangular alargada, propiedad de los herederos de don Domingo Ferrer que estaba llamada a convertirse en el centro comercial del pueblo. Y ahora lo es, pero en aquella época estaba en construcción con diferente suerte. La parte que daba a la Libertad o a la Avenida estaba toda construida mientras que la que daba al Islote, al sur, estuvo mucho tiempo a “bloque visto” y abierta para jugar nosotros al escondite, escalar por los bloques salientes y demás. Solía ir mucho a esa manzana urbana sin acabar y tan prometedora. La mayoría de las veces a casa de los Borges, a jugar con Bely o pasaba a buscarlo para ir a la playa o a jugar un rebumbio al fútbol con otros amigos. Pero también iba a comprar petróleo para los quinqués a la tienda de Pepito Ferrer, hijo de don Domingo Ferrer, de ahí el diminutivo en el nombre, a pesar de ser un hombre hecho y derecho, que cambió la tienda de su padre del norte de la carretera a esta manzana en expansión donde ya también vivía.

Pero dónde yo iba con más urgencia y también con más emoción era a la casa de los Cedrés Ferrer, a la que se entraba por una puerta en la calle Libertad pero se extendía a lo largo de la Avenida Central. Allí iba a encargar cubas de agua para llenar nuestras dos aljibes cuando empezaba a escasear el líquido elemento en casa. Mi madre me mandaba una y otra vez hasta que nos traían la cuba de 20 pipas de agua. En aquellos tiempos, la pipa era una medida muy popular para calcular cantidades de agua y vino. Una pipa equivalía a 50O litros.

El agua y Rafael Cedrés

En Tías, el negocio del transporte del agua estaba liderado por los hermanos Cedrés, Carmelo y Rafaelín, que lo heredaron de sus padre, Rafael Cedrés que, además de transportista de agua, fue todo un líder del pueblo en los años cincuenta, donde fue alcalde por 12 años. Un líder y una persona muy respetada y cabal, generosa y sensible con las demandas de los vecinos. Hasta el punto que no dudaba en quitarle la cuba al camión, ponerle un toldo a la caja y llenarla de jóvenes para que pudieran trasladarse a otros municipios. Eran tiempos en los que, aunque parezca imposible, el transporte público funcionaba peor que ahora y apenas había utilitarios en el pueblo.

El agua era fundamental, más todavía en tiempos de los semilleros que había que regar todos los días y si no se hacía se ponía en riesgo la producción del año, parte del sustento de la familia, que en la mía estaba más condicionado por la fortuna que tuviera mi padre con su barco en el banco canario sahariano. Pero, aun así, las cosechas de tomates y cebollas ayudaban a mantener la renta familiar.

Mi madre dice que nos lleve una cuba de agua

Yo iba encantado a avisar para que nos trajeran el agua. A veces, ante la desesperación de mi madre, iba hasta dos y tres veces al día. Mi madre no quería que dejara recado a la familia si no que trasmitiera la urgencia, de la forma más dramática posible, al propio Carmelo, el hermano mayor de los Cedrés, que vivía allí. Pero ahí teníamos conflicto de intereses mi madre y yo, que prefería que me abriera la puerta su hija, una compañera mía en la escuela. Alguna vez me abrió la puerta y me ponía tan nervioso que era incapaz de teatralizar el encargo de mi madre. Hasta que aparecía la esposa de Carmelo y le soltaba el rollo y ella me decía, sin mucho ánimo: “Está bien, yo sé lo digo a Carmelo. Y me cerraba la puerta en la cara. Rápidamente bajaba los escalones de su escalera, corría por el largo pasillo hasta la puerta y salía de nuevo a la calle Libertad. Tenía una sensación agridulce: no estaba Carmelo pero me abrió la puerta su hija, mi simpática compañera de clase. Pero, claro, la madre me dejó fuera en un periquete y no estoy seguro de que haya entendido la urgencia del mensaje ni lo triste que me ha dejado que pusiera aquel trozo de puerta entre su hija y yo.

A por millo a la tienda de Antonio Díaz

Crucé la calle, la que más tarde acabaría convertida en la avenida de Tías, para pasar por la tienda de Antonio Díaz, que mi madre me encargó que llevara cinco kilos de millo para dárselo a la tardecita a las cabras, que decía ella que así daban más leche. Yo admiraba a Antonio Díaz pero también me asustaba su carácter enérgico y sus prontos. Me encantaba verlo desde mi casa bajar por la carretera de Conil con su chaqueta y su bombín, girando su elegante bastón como si viniera de rodar un musical en Nueva York, cuando venía de visitar a los medianeros de sus tierras. Era un hombre pudiente en el pueblo, donde fue también alcalde.

Entré en la tienda y respiré tranquilo. Estaba su mujer, sola. Porque cuando están los dos es un completo lío. Uno te exigía rapidez, la otra apenas prestaba atención. Y eso ya era suficiente para que entablaran los dos un dialogo acalorado mientras yo esperaba con la boca y la saca abiertas a que te despacharan el millo.  En esta ocasión, la mujer estaba diblusada sobre el mostrador en forma de “L” hacia dentro y yo me acerqué sin demasiadas pretensiones

_ Buenos días, quiero cinco kilos de millo

 ¿Cuántos kilos?

Cinco.

¿De qué?

De millo.

 ¿Trajiste la saca?

Sí, aquí la tengo.

Ábrela, que voy a pesar el millo y te lo pongo.

Se fue al lado corto de la “L”, donde tenía la pesa, y cogió la bandeja de pesar, la hundió en el saco de millo, y con un poco de esfuerzo la volvió a poner en la pesa que marcaba cuatro kilos y medio.

¿Cuántos kilos me dijo?

Cinco, le falta medio kilo, le grité yo mientras mantenía la saca abierta.

Sacó una especie de cucharón y lo metió en el saco del millo, lo llenó y lo fue echando en la bandeja hasta que el palo largo y rojo de la pesa marcó cinco kilos. Me miró, asentí, cogió la bandeja y me la echó en la saca de tela. Me dijo lo que era, pagué y salí a la calle con la saca cargada. Tenía que llegar a mi casa y salí para allá. Sabía que mi madre me estaba esperando, así que no me enlaté hablando con los amigos ni nada, aunque era sábado por la mañana, día que solía pasar jugando con mis amigos si no había que ir a las fincas.

 Como estaba en la misma carretera Arrecife – Mácher solo tuve que echarme al hombro la saca y caminar recto hasta llegar al cruce de Conil. Desde el cruce, ya veía a mi madre barriendo el camino, cuando eso no había barrenderos públicos y cada vecina limpiaba el trozo delante de su casa, y pobrecita la que no lo hiciera porque era tachada de todo. Al alcanzar el camino, le grité a mi madre pero ella siguió “pumba y dale” a la escoba. Solo cuando llegué a su altura, se paró, me miró y le expliqué con todo lujo de detalles mis incidencias en el pueblo, que así llamábamos al centro, como si nosotros viviéramos fuera de él.  Estaba preocupada por el agua pero se rio con ganas cuando le conté que mi gozo se fue al pozo cuando aquella mujer, con más aspecto de ciudad que de un pueblo como Tías, me cerró la puerta en la cara. “Que enamoradizo me salió el niño”, me dijo y se volvió a reír mientras me acariciaba la cabeza con la mano en la que no tenía la escoba.     

Llegó la cuba, agua habemus

 Por la tarde, mientras estaba sentado en el brocal del aljibe contando los pocos coches que pasaban por la carretera principal, vi el camión cuba aparecer entre la casa de Nieves la de Sicilia y el almacén de empaquetado abandonado. Recé para que girara a la derecha, hacía la carretera de Conil, y volví a rezar para que volviera a girar a la derecha, hacia el camino polvoriento de Los Lirios. Yo no sé si hay dios pero el camión aparcó delante de mi casa. Rafaelín me saludó y dio marcha atrás para meter el camión en nuestra parcela. Se bajó y me llamó para que le echara una mano. Había que llevar una punta de aquella manguera amarilla gorda que tenía rodeando la cuba dentro de la caja del camión a la aljibe. Así que me la dio y empecé a tirar por ella, con cuidado de no estropearle las plantas a mi madre. Subí la tapa de la aljibe, y metí la manguera hasta que pudiera quedar agarrada debajo del brocal. Mientras, Rafaelín conectaba la otra punta a la boca de la cuba. Vino a supervisar que yo hubiese hecho el encargo bien y se volvía al camión para abrir la llave del agua. Desde que el agua entraba en la manguera esta hacía como si tuviera vida y daba saltos más propios de una boa que de una manguera hasta que se oía el estruendo de cascada del agua al caer en el aljibe sediento.

Me gustaba ver el agua caer y chocar contra el agua.  Poco a poco se iba llenado el aljibe, hasta que, de pronto, la manguera empezaba a vibrar de nuevo y de dejaba de caer agua. “Ya está muchacho, ahí tienes 20 pipas de agua”, me decía mientras recogía la manguera y la metía en el camión. Abría la puerta del conductor, se apoyaba en el escalón que sobresalía y se metía dentro. Antes de ponerlo en marcha, me daba el recibo con el recado de que se lo diera a mis padres y se iba rápido/ rápido que tenía una amplia lista de casas a las que atender.

En Tías, como en la mayoría de los pueblos de Lanzarote de la época, no había canalización de tuberías de agua, así que se vivía a expensas de que te trajeran la cuba de agua a tiempo. Había que avisar con tiempo, pero sin pasarse. Si venían a traértela y veían que tenías agua todavía, la próxima vez daban más credibilidad a otro vecino que a ti. Los Cedrés tenían muy bien organizado su negocio y su servicio solía ser muy bueno. Tanto en la puntualidad como en la calidad del líquido que distribuían. Conocían a todos los vecinos y sus necesidades reales y eran muy responsables. Y, además, no se apuraban a cobrar en el momento, lo que era un alivio en aquellos tiempos, en los que la liquidez solo se tenía realmente cuando llegaban los maridos de la costa africana o se cobraban las cebollas y los tomates, actos que solo tenían lugar al final de la zafra.

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