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Mañas y placer

 

La alegría de la luchada me la dio mi amigo Fran J. Luis, que le vemos haciendo la foto en la que están mis acompañantes en el Ulpiano Rodríguez Pérez. Pepe Reyes, Salvador Garcés y Dani Reyes suelen ir conmigo muchas veces. Pero Fran era la primera vez que iba a ver una luchada y salió encantado este ingeniero tinerfeño. Me emocionó al decírmelo. 

 

 Preparo la agenda de la semana que empieza. La rutina se expande por el espacio reservado en mi móvil para estas reseñas.

Dos comidas fuera, tres ruedas de prensa, dos entrevistas, dos visitas a Lancelot TV para participar en “Café de periodistas”, pasar por la barbería de César para que Pepe me corté el poco y feo pelo que me queda, responder a las bobas exigencias de la pesada de Esther y suma y sigue. Pero ya veo el viernes en el final del túnel. Y no es porque sea viernes, sino porque es la final del II Torneo Copa Cabildo de Lanzarote. Y eso ya me pone contento. Hasta nervioso, ¡ni que yo fuera a luchar! Ni tan siquiera luchan mis sobrinos Rayco y Nano, que es lo más parecido que tengo de luchar yo o de volver a ver a mi hermano Ángel en un terrero.

Pero, chico, la lucha canaria, cuando está bien servida, es un manjar a la que no se puede decir que no. Yo no puedo. Y ya voy a estar toda la semana contando los días y las horas para presentarme en el terrero. Al principio, me pensaba que era en Tías, en el terrero que lleva el nombre del gran luchador, pequeñito pero una máquina de luchar de principios del siglo XX,  Ulpiano Rodríguez Pérez, que es el mejor de todos los campos de lucha en estos momentos. El remozado le ha sentado muy bien, el sonido, la pantalla y las medidas de seguridad tienen que copiarlas todos los terreros. Pero no solo ponerlas, en el caso de las pantallas, sino usarlas. La lucha es un espectáculo de emociones y así hay que vivirlo. Hay que poner la tecnología al servicio de lo nuestro y no quedarnos atrás, como siempre, en la modernización de nuestros espacios deportivos.

Pero la luchada, no vamos a confundir a nadie, es en el Terrero Municipal de Tinajo, que no sé porque no le ponen de una vez el nombre de Carmelo Guillén, uno de los luchadores lanzaroteños más resultones de todos los tiempos y que tantas alegrías dio al club de ese municipio. Y la pena que me dio cuando la hija mayor de Inés Rojas me confirmó que su tío, el gran Carmelo, había tenido un accidente al tirarse de su barco al mar, en una zona poco profunda, y quedar inconsciente y roto, muriendo más tarde, después de meses ingresado sin remedio.

A la luchada hay que llevar a la familia y a los amigos. Aquí me veo en Uga con mis sobrinos Juan Camacho, Rayco García, mi luchador favorito (la familia es la familia) y mi querido amigo Carlos Suárez, o Carlos Infornet, como le llamo yo por ser el propietario de la mejor empresa de informática de Lanzarote.  

 

La  confusión me la provocó el joven periodista asturiano Guillermo Uruñuela, que cada día me cae mejor, pero como me haga otra como esta lo mato, que me dijo que la final era en Tías a las nueve de la noche y que su espectacular reportaje sobre el volcán de La Palma se presentaba a las 19:30 en el Casino. Vamos, que me daba tiempo de ir a los dos lados y que no podía faltar a su presentación. Y le dije que sí, que encantado, que antes de la luchada, ese era un buen plan. Pero mi gozo en un pozo. Solo puedo ir a uno. Y vamos a ver si aciertas, Guille, cuál no voy a perderme ni queriendo. ¡Que no quiero, amigo mío!

Esta semana, me planté en el terrero Ulpiano Rodríguez, en Tías, y en el terrero Emilio Machín, en Uga, a ver las dos últimas luchadas de los dos grupos, que eran verdaderas semifinales. El que ganaba, pasaba a la final. Así, el viernes lucharán, el Tías, que venció al Unión Norte, y el Tinajo, que ganó al Unión Sur Yaiza. Dos luchadas soberbias, se vieron técnicas, competitividad y había bastante público en las gradas. Salí contento por eso pero también porque uno de mis acompañantes, el ingeniero tinerfeño Fran J. Luis que nunca había entrado en un terrero antes, salvo para acudir a algún concierto, salió muy contento y agradecido de que lo hubiera invitado a la luchada. Me pareció que era sincero y casi se me saltan las lágrimas al preguntarme cuándo era la final, que quería ir.

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Tenemos que llevar a nuestros amigos, a nuestros familiares, a nuestras visitas a un terrero. Para que se quiten de la cabeza de que es un deporte de brutos, de magos, de cochinos redomados. ¡Qué va! Cuando ven lo que hacen los luchadores, lo plástico de sus movimientos, lo técnico que son sus mañas, la nobleza que impera y lo entregado que está el público se emocionan como uno más. Tanto, que más de una se ha llevado a un luchador para su casa.

Reconozco que lo mío con la lucha canaria alcanza lo enfermizo. Que si no me lo cuido, caigo en una absoluta adicción. Y sueño hasta con los luchadores y me despierto al grito de “la cabeza, árbitro, la cabeza” si un luchador molesta al otro con una posición no reglamentaria. Espero que Alejando Collado, que es mi árbitro favorito y fue uno de mis luchadores destacados a finales de los años 80, no caiga en la soberbia y aplique sus enormes conocimientos con modestia y responsabilidad. Que no sé si arbitrará la final, pero me refiero en cualquier luchada. Me molesta que un luchador como él, y un árbitro de su experiencia, no sepa que para sacar la cabeza de abajo del cuerpo del contrario, no basta con querer sino que hay que contar con que el otro te la deje sacar. Y si alguien obliga a otro a mantener una posición ilegal, la falta, como mínimo, se debería repartir. Porque, entre otras cosas, está haciendo más daño el que le cierra la salida y le clava la barbilla en la nuca, que el que está intentando zafarse sin conseguirlo. Solo es un detalle, un consejo que recibiría agradecido un buen árbitro, como creo que es Alejandro. Pero que no entendería un soberbio, como algunos me dice que actúa a veces.

Ya solo quedan cuatro días y 15 horas. El viernes, tiro para Tinajo nada más oscurezca. ¡Qué nervios!

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