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Los deportes autóctonos, ¿para cuándo?

El Parlamento de Canarias ha creado la comisión de estudio del deporte y la actividad física para hacer una especie de radiografía del sector en Canarias. La idea es buena y oportuna, nada que cuestionar y mucho que aplaudir. Pero aprovecho esta oportunidad para colocar sobre la mesa de la opinión pública y ante la mirada de sus señorías la necesidad de una ley propia que acoja, organice, defienda e incentive nuestra rica y singular oferta de deportes y juegos canarios que se mantienen, a pesar del secular olvido de la administración pública canaria, aunque entre sus competencias esté precisamente este cometido.

Un variado elenco de juegos y deportes singulares canarios, entre los que la lucha canaria es la punta de lanza con mejor organización y visibilidad, pero que se encuentra muy lejos de la que tuvo años atrás, sufre la insensibilidad e inoperancia de sus señorías, que solo tiran de ellos cuando quieren sumergirse en los espacios populares rurales y más tradicionales.

El deporte autóctono necesita de una normativa específica porque su existencia exclusiva en el archipiélago le da, juntamente con el deportivo, un valor patrimonial y cultural que los otros deportes no tienen. Estos deportes pivotan entre las actividades deportivas y culturales y, además, presenta un potencial atractivo turístico que refuerza nuestra imagen singular, que se desaprovecha por el desinterés público fundado en la ignorancia y discriminación clasista que reduce esa riqueza a manifestaciones rurales infravaloradas. Posiblemente, si en lugar de canarios hubiesen sido vascos, no hubiésemos sabido nunca del levantamiento de piedras, la pelota vasca o el corte de troncos que tan orgullosos defienden los hombres y mujeres en Euskadi, desde el lendakari al último miembro de su gobierno. Y eso, señorías, no ha sido óbice, sino todo lo contrario, para que el País Vasco sea uno de los territorios más modernos y avanzados del estado español.

Los deportes autóctonos canarios esperan desde hace 40 años un gobierno y un parlamento canarios capaces de reconocerse en la historia de su propia gente para crear el mejor futuro sin olvidarse de quiénes somos y de dónde venimos.

Un archipiélago que crece poblacionalmente año tras año, con islas en las que los canarios de más de dos generaciones son minoría, necesita anclar esa nueva población a este territorio con premisas propias que identifiquen y enorgullezcan a sus habitantes. Sin discriminaciones, pero con cosas que compartan y defiendan con entusiasmo identitario. Todos los días mueren en canarias hombres y mujeres ancianas que se llevan consigo trozos irrepetibles de nuestra historia y vivencias. Una sangría que llevamos demasiado tiempo sufriendo sin que sus señorías se enteren ni presten la más mínima atención.

La conservación, promoción, divulgación y revitalización de este patrimonio cultural y deportivo de las islas podría, incluso, convertirse en un sector económico que, liderado por la administración pública, podría producir riqueza en las islas, revalorizando a esa parte de la población que conserva esos conocimientos y está en disposición de trasmitirlos e universalizarlos en el archipiélago. Además, se merecen pasar de ser los grandes olvidados a referentes positivos de la comunidad canaria.

 Cuestiones cómo incentivos personales, curriculares y sociales para quienes se involucren en esta labor, favoreciendo el fortalecimiento de nuestros fundamentos identitarios ayudaría enormemente a saldar esta deuda histórica con nosotros mismos y a tener más referencias que hagan que, nuestros descendientes, sepan que hasta en los peores momentos fuimos capaces de crear cosas únicas para ser más felices en estas islas siempre nuestras.

Sé que no harán ni caso. Pero no quiero que tengan la excusa fácil de decir que nadie les dijo que está realidad existía.  Y ustedes, señorías, hasta ahora, la han ignorado con un desprecio que ya sería feo con lo ajeno, pero que soy incapaz de encontrar un calificativo para lo propio. Dicho queda.

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