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No todo el mundo está preparado para ser jefe

Es frecuente ver en muchos centros de trabajo las transformaciones que sufren las personas cuando asumen un cargo que les otorga superioridad en relación con otros compañeros. El cargo se les sube a la cabeza. Por supuesto que, afortunadamente, no todos los que asumen un cargo directivo sufren esta transformación.

El desempeñar un cargo directivo no otorga el derecho a mirar por  encima del hombro a nadie ni a avasallar al que está por debajo en la jerarquía (“esto se hace porque lo digo yo”). No todo el mundo está preparado para ostentar una jefatura. La arrogancia característica de algunos jefes llega al extremo de la discriminación, de los malos modos, que forman parte de lo que es un hostigamiento laboral.

¿Por qué se producen estas transformaciones en determinadas personas? Quizá porque no están preparadas para esas funciones y por baja autoestima. Piensan que ser jefes les hace ser alguien en la vida y pueden pisotear a otros. La altanería no es recomendable para nada  y menos para puestos de mando, ya que lo que se genera es mal ambiente y desconfianza en el entorno laboral con repercusión negativa en el rendimiento y en la motivación de los trabajadores.

Para ser jefe, tanto en el sector privado como en el público, habría que estar en posesión de una idoneidad y de una ética humana y profesional que fomentara las buenas relaciones y el buen ambiente en el centro de trabajo. Hablando en castellano llano, para ser jefe hay que valer para ello. Además, un jefe amargado amarga al personal que tiene alrededor y puede ser una auténtica bomba de relojería.

 

Jesús Manuel Díaz Lorente, delegado de CSIF Canarias

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