Las claves de una final
- MANUEL GARCÍA DÉNIZ

Una final de lucha canaria es como hacer repostería: no basta con tener todos los ingredientes necesarios. Se necesita también mezclarlos en el momento adecuado y exponerlos al fuego el tiempo justo. Para seguir con el símil, la cocinera aquí recibe el nombre de mandador, el que manda a salir al terrero a cada uno, en el momento oportuno, contra el rival que se pueda sacar mayor rendimiento y con la lección bien aprendida. Su mano pasa desapercibida para la masa que se entretiene con la vistosidad de las mañas, la marrullería de los contendientes y el resultado de cada agarrada. Pero son muy valorados por los conocedores de las entrañas de este deporte vernáculo.
Los mandadores son como jugadores de ajedrez de tableros de arena y piezas humanizadas con letras destacadas de A, B y C y no calificados y juveniles. Cada una tiene su movimiento, su valor y su destreza y se mueven por sí mismas desde que se les coloca en la arena. Ahí gana vida cada una de ellas pero están ahí, en el momento procesal oportuno, entrecruzadas con las del otro mandador rival, por expreso deseo de aquel.
Si se sacrifica inútilmente una pieza, por encuadrarse en un enfrentamiento para el que había un compañero con mejores perspectivas y las suyas hubiesen sido mejores que las de sus compañeros en otros cruces, salvo que el sacrificio fuera por causa mayor o inevitable, quien perjudica a su equipo es el mandador. El luchador no puede negarse a salir con quien su mandador dispone, quien está al mando de la estrategia y sus tácticas de reparto de la logística. Y de esa responsabilidad, responde él. Y solo cuando la victoria sonríe al final, se minimizan esos desaciertos.

Con los mismos luchadores, ante los mismos rivales, hay mandadores que sacan puntos de debajo de las piedras y otros que empequeñecen a los suyos con enfrentamientos infructuosos y directrices absurdas. El mandador observa el desarrollo de la luchada y va soltando lastre de forma que el espectáculo no se salga de la senda que controla. Tiene que ir sumando puntos, controlando el marcador y las posibilidades de sus luchadores para que el rival no ponga tierra de por medio y le obligue a exponer a sus destacados y puntal al criterio del mandador rival. El que primero se ve obligado a exponerlos, le da la ventaja a su contrario de que le enfrente con el que más teme o menos quiere.
Las primeras sillas, en ese momento en el que todo parece más danza que lucha, se están abriendo carriles que pueden ser determinantes para encontrarse los destacados de uno u otro equipo con quienes realmente quieren. A veces, la mala gestión puede hacer que se den encuentros no deseados y el azar favorecer un resultado positivo. Pero ahí, la mano del mandador solo ha servido para persignarse mientras deja expuesto a su equipo.
En una misma luchada, hay docenas de combinaciones posibles, de cruces entre luchadores, que podrían dar una victoria final, con más o menos holgura, o favorecer una estrepitosa derrota. Por eso, además de por la calidad de los ingredientes, luchadores en este caso, se pueden ganar de una manera y perder de muchas.
Así es cualquier luchada pero, en una final, no cabe empate y solo se contempla la victoria. Con lo que la guinda del pastel puede ser hasta esconder, detrás del puntal, al luchador más débil para, separándose aquel con el hombre más fuerte del otro equipo, ganar la final por uno. En caso de que el empate sea a doce, habrá que ir a la muerte súbita. Esa posibilidad también tiene que tenerse en cuenta desde el principio, para no llegar a la misma con sus principales baluartes eliminados a faltas, que no tendrían posibilidad de concurrir en esta suerte de agónico embiste de un minuto postrero.

A las finales, se va a ganarlas. La alegría de estar entre los dos primeros, se extingue desde que se inicia la final. O eres el primero o te quedas el último de la noche. No hay más puestos. El éxito y el fracaso se dan la mano deportivamente al final del espectáculo. Pero, mientras estén saliendo luchadores, hay opciones que explorar, retos que cumplir, aspiraciones que saciar.
Las finales son muy propicias a las sorpresas. Donde el temple de los luchadores, el estudio minucioso previo de los rivales y la preparación concienzuda de los cruces pueden facilitar logros inesperados.
Si se deja en manos de la providencia, puede darse también un castigo divino. De nada vale tampoco la perfecta elección de los cruces, si los ingredientes están en mal estado. Pero, en ese caso, elegidas las mejores opciones y conseguido el peor resultado, solo queda felicitar al contrario y esperar que el bizcochón salga mejor en la próxima oportunidad.
La suerte está echada. Que la victoria sea para el que se la merezca.