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La visita del Papa no es un concierto

La próxima visita del Papa a Canarias no puede entenderse como un evento de entretenimiento de masas. Quienes intentan reducirla a una especie de “gran concierto” demuestran una preocupante falta de perspectiva sobre el momento histórico que atravesamos y sobre el papel que determinados liderazgos morales pueden desempeñar en él.

Vivimos tiempos en los que los discursos de odio, la exclusión y la deshumanización del diferente avanzan con inquietante normalidad. Se banaliza el sufrimiento ajeno, se señala al vulnerable (al migrante, al pobre, al distinto) y se construyen relatos políticos que erosionan la convivencia y fracturan nuestras sociedades. En ese contexto, la visita del Papa adquiere una dimensión que trasciende lo espiritual, es, ante todo, un acto profundamente político, en el mejor sentido de la palabra.

Político porque interpela a la sociedad en su conjunto. Porque lanza un mensaje claro de solidaridad, de paz y de amor al prójimo frente a quienes pretenden imponer el miedo y el rechazo como forma de organización social. Y porque sitúa en el centro del debate valores que deberían ser irrenunciables en cualquier democracia avanzada.

En Canarias, además, este mensaje resuena con una historia propia que no debemos olvidar. El nacionalismo progresista ha sabido beber de una tradición profundamente arraigada en los movimientos cristianos de base, que durante décadas combinaron el humanismo con la lucha por la justicia social. Aquellos colectivos entendieron que la fe no podía ser ajena a la realidad material de las personas, que la dignidad humana no era negociable y que la solidaridad debía traducirse en acción política transformadora.

En esa misma línea, resulta pertinente respaldar las recientes palabras del obispo de Canarias, José Mazuelos Pérez, quien respondió con firmeza a las declaraciones del líder de la extrema derecha, Santiago Abascal. Frente a los intentos de instrumentalizar el hecho religioso para justificar discursos excluyentes, el obispo recordó que el mensaje cristiano no puede separarse de la defensa de la dignidad humana, la acogida y la fraternidad. Sus palabras no solo fueron necesarias, sino coherentes con esa tradición de cristianismo comprometido con los más vulnerables que tanto ha aportado a nuestra tierra.

Ese posicionamiento evidencia que no estamos ante un debate superficial ni anecdótico. Lo que está en juego es el sentido mismo de los valores que decimos defender como sociedad. Y, en ese terreno, la voz de quienes apelan a la justicia, la empatía y la convivencia resulta hoy más imprescindible que nunca.

Por eso resulta especialmente preocupante la frivolidad con la que algunos partidos están abordando esta visita. Reducirla a un espectáculo, a una oportunidad de promoción o a un simple evento multitudinario es, en el fondo, una forma de despolitizar (en el peor sentido) un mensaje que precisamente nos exige todo lo contrario. Nos exige reflexión, compromiso y responsabilidad histórica.

No se trata de compartir o no las creencias religiosas del Papa. Se trata de reconocer la relevancia de un discurso que apela a la empatía en tiempos de indiferencia, a la justicia en tiempos de desigualdad y al encuentro en tiempos de confrontación.

Canarias, como tierra de acogida, de mestizaje y de convivencia, tiene la oportunidad de situarse una vez más del lado correcto de la historia. Escuchar ese mensaje, asumirlo críticamente y trasladarlo a la acción política cotidiana es el verdadero reto.

 

Fernando María Jiménez, concejal de Nueva Canarias-Bloque Canarista en el municipio de Teguise.

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