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Mangantes y ludópatas

La desinformación combina el trastorno de hurtar la realidad para transformarla o maquillarla, construir narrativas falsas e intentar engañar a los potenciales receptores del mensaje con una apuesta sin control para favorecer intereses personales o ajenos, por supuesto, a cambio de prebendas.

Hay quien hurta un filete en un supermercado, y no precisamente por estar pasando hambre, o quien por “error involuntario” se echa al bolso un par de botes de crema de la estantería de un comercio como lo hizo Cristina Cifuentes, expresidenta de la Comunidad de Madrid, pillada por cámaras de seguridad, que ahora pretende dar lecciones de moralidad en programas de televisión. Apostar compulsivamente para ganar dinero en juegos de azar también es un comportamiento que causa estragos en las familias de las personas ludópatas.

Las adicciones sin sustancias son más aceptadas por la sociedad y pasan más inadvertidas que las adicciones a sustancias, pero evidentemente no dejan de ser un problema, como pasa con la desinformación, por más normalizada que la percibamos. La sociedad está constantemente amenazada por desinformadores, personas físicas y organizaciones, que podemos señalar como cleptómanos y ludópatas de la realidad.

Las emociones no son un efecto secundario de la desinformación, sino el motor central de ella, así lo dejó caer la académica e investigadora mexicana Isabela Corduneanu, en su charla virtual ‘Cómo se propaga la desinformación’, organizada el pasado mes de junio por la Fundación Gabo.

Me pareció interesante el planteamiento de la doctora Corduneanu y el de tres panelistas más porque no solo explicaron cómo los algoritmos convierten en tendencia relatos que son susceptibles de viralizarse, sino la trascendencia del contenido emocional que nos hace permanecer frente a la pantalla durante minutos y horas para consumir mensajes desaforadamente, incluso, aquellos que nos crean indignación.

Estos mensajes escritos, vídeos o memes se propagan con rapidez apelando a nuestras emociones y los sesgos que todos tenemos. Hasta contenidos de muy mala calidad o de razonamiento pueril pueden influir en nuestros gustos. La razón despliega  alfombra roja a las emociones.

Isabela Corduneanu apuntaba que la mentira se irradia más rápido cuando “está bien diseñada”. Si el rumor es el medio de comunicación más antiguo de la humanidad,  sería un error pensar que la desinformación nació con internet. La propagación de bulos y mentiras siempre ha existido, lo novedoso es el diseño y el soporte tecnológico.

El rumor da paso a la narrativa que activa nuestras emociones, éstas provocan interacciones reflejadas en los algoritmos que viralizan y polarizan opiniones y la polarización produce mayor circulación emocional. Así funciona el círculo que nos envuelve.

¿Cuál es el desafío?, pues distinguir entre viralización y relevancia, pero para conseguirlo es necesario leer muchísimo más, informarse de fuentes y medios de comunicación fiables y participar de la vida cultural de nuestra comarca, en definitiva, cultivar el pensamiento crítico para no dejarnos arrastrar por la palabra de pastores desacreditados. La sociedad está plagada de cantamañanas mangantes y ludópatas que cobran o por no hacer nada o por intentar destruir.

Otro de los panelistas, el argentino Franco Delle, nos hizo imaginar una fila con un sinnúmero de personas esperando turno para cumplir su sueño americano, pero esa fila imaginaria no se movía, y lo típico que pasa en la puerta de entrada de un espectáculo, aparece una voz disconforme que asegura, sin confirmarlo, que la cola no caminaba por culpa de supuestos ventajistas que se cuelan, en este caso, “responsables” absolutos de  no poder cumplir su sueño americano. Simplemente, la puerta de entrada de acceso al público no había sido abierta.

Pasa en la vida cotidiana. Escuchamos discursos xenófobos y antihumanitarios de mangantes de la realidad que juegan con la frustración para hacer creer a la población que las ayudas sociales a sectores vulnerables perjudican el bienestar colectivo. Este tipo de discursos de PP y Vox plantean un problema e intentan colar respuestas fáciles y atractivas para engañar a la población. Ya estamos grandecitos y con pelos en el culo como para dejarnos timar.

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