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Roma, un nido de historias

Roma es la ciudad indicada para surtir de contenidos nuestros sueños, y nuestras pesadillas. Podemos imaginar, por ejemplo, que compartimos un delicioso plato de spaguetti carbonara a ritmo de acordeón y que, cuando acabamos de sorber el último hilillo de pasta, nos toparemos con la promesa de un beso. O que disfrutamos de un espresso en el ambiente de la Dolce Vita de Via Veneto, quizás bebiendo de la misma taza donde posó sus labios Fellini entre toma y toma, en un rodaje en la Villa Borghese. O, de cara al Coliseo, o al Foro Romano, o al teatro de Marcelo, que dejaremos en el mundo un rastro que durará tanto o más que esas piedras. Incluso sentir el mismo valor que Anita Garibaldi, una criolla que conquistó el amor del libertador italiano y que, en un asedio, pocos días después de dar a luz, cogió a su bebé en brazos y escapó al galope a lomos de un caballo.

No obstante, la capital del Imperio acoge en sus entrañas, también, un amplio surtido de imágenes para no dormir. Como centro neurálgico del cristianismo, las iglesias ofrecen representaciones de calaveras, tumbas y representaciones del dolor de los santos. Podemos sentir congoja ante la muerte, con un reloj de arena y una guadaña, esculpida en mármol, escalofriantes  'evidencias' físicas de almas del purgatorio dejando huellas en edificios santos o incluso criptas decoradas con huesos y calaveras de los monjes capuchinos junto al mensaje: “como tú éramos, como nosotros serás”.

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A veces la experiencia religiosa toma cuerpo en figuras marmóreas, como la Santa Teresa o la beata Ludovica de Bernini. Mujeres iluminadas que experimentan un éxtasis tan físico en sus experiencias religiosas que aventaron en la época, en los círculos más conservadores, la indignación y la polémica.

En Roma, la Biblia se muestra en imágenes, por aquellos tiempos en que los fieles analfabetos no eran capaces de leer sobre Dios en los escasos libros escritos en latín. Llamas, espinas y afiladas puntas de metal derraman la sangre de los mártiles, captada a veces por artistas de la talla de Caravaggio, Rafael o Leonardo.

 Pero Roma es, sobre todo y ante todo, un gran museo al aire libre. Un verde reducto entre colinas donde, dice la leyenda, Rómulo y Remo, amamantados por la loba capitolina, fundan la ciudad. Un lugar donde  es difícil chutar un balón sin que éste valla a parar a algún enclave de incalculable valor histórico.

 Entre visitas, para calmar la abrumación, las numerosas evocaciones a antiguas clases de Historia, Arte y Latín, el turista suele sentarse a degustar un helado de sabor peculiar (almendras garrapiñadas, mousse de profiteroles, stracciatela al pistacho...) a la orilla de una de tantas fuentes mientras el agua fresca devuelve a la realidad presente al viajero cautivo de la ciudad eterna.

 No importa cuántos días se dedican a conocer Roma, en el centro de la ciudad se apiñan los principales monumentos y pueden verse en un par de días; pero nunca es suficiente. Siempre quedan nuevas historias que deshojar a la sombra de sus piedras, por eso, el último día, nunca está de más pasarse por la Fontana de Trevi y lanzar una moneda para asegurarse el regreso.

 

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