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CUANDO LA POLÍTICA DEJA DE SER POLÍTICA

Hay una línea que, en política, nunca debería cruzarse: la que separa la crítica legítima de los ataques personales. Y en Arrecife, da la impresión de que algunos han decidido caminar demasiado cerca de ella.

Se puede cuestionar la gestión de un alcalde, criticar sus decisiones, discutir sus proyectos e incluso pedir responsabilidades. Para eso está la política. Para eso están los plenos, los medios de comunicación y, en última instancia, las urnas.

Lo que resulta mucho más difícil de justificar es que el debate termine salpicando a la familia.

En los últimos tiempos se han escuchado acusaciones e insinuaciones dirigidas a intentar erosionar la imagen del alcalde de Arrecife. Algunas de ellas, más allá del ruido generado, parecen tener poco recorrido político y, hasta ahora, ningún fundamento demostrado.

Y aquí surge una pregunta inevitable: ¿se está intentando discutir una gestión o simplemente manchar una reputación?

La popularidad de un político puede gustar más o menos, pero no debería convertirse en motivo para construir una campaña basada en el desgaste personal. Si existen hechos relevantes, que se acrediten. Si existen responsabilidades, que se exijan. Y si existen delitos, que sean los tribunales quienes hablen.

Precisamente por eso, que el alcalde haya decidido acudir a los juzgados puede ser la vía más razonable para poner orden donde la política parece haber generado demasiado ruido.

La oposición política y la oposición social tienen todo el derecho a ser contundente. Pero también tienen la obligación de ser rigurosa.

Porque cuando faltan argumentos políticos, existe la tentación de recurrir al ataque total, donde no se respeta siquiera a la familia. Arrecife necesita debate, fiscalización y alternativas. Lo que no necesita es convertir a las familias en daños colaterales de una batalla política.

La política debería servir para confrontar ideas. Para lo demás, ya están los tribunales.

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