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A mi padre (por su centenario)

 

Padre nuestro que estás en los cielos desde hace veintitrés años (acompañado por madre, tu querida mujer, desde hace catorce, y de nuestros dos hermanos y dos hermanas que también se fueron), quiero decirte, en el centenario de tu nacimiento, que cada día que pasa te agradezco más tu esfuerzo en vida para dejarnos tu ejemplo y ayudarnos a conseguir nuestros objetivos.

No pasa un día desde aquel 1 de julio de 1999, en el que te fuiste sin querer pero comprensivo con el pago del último peaje de tu existencia, en el que no te recuerde con lágrimas en los ojos. Fuiste un hombre fuerte, cabal, exigente contigo y los tuyos, honesto hasta la médula e incapaz de soportar los abusos. No siempre fue fácil entenderte. En cambio, era imposible no quererte.

Naciste en la década de los años veinte del siglo pasado. En la más absoluta necesidad y desde niño, izaste las velas de tu emprendimiento para sacar a tu familia adelante haciendo de tus obligaciones tus mayores placeres. Surcaste mares y sus oleajes cargando equivocaciones ajenas, vertiendo tu inocencia en agua salada para sacar peces y más peces para aplacar el hambre ajena y los desconsuelos propios. Creciste fuerte, imparable, ajeno al insulto, invulnerable ante los retos. Te embarcaste a la costa pero siempre en barco propio, o a medias, nunca de jornalero del capital ajeno. Ya fuera a vela, ya fuera a motor, ya fuera en las orillas mauritanas o saharianas, tu voz sonaba limpia, diáfana, como corresponde al que no ansía lo ajeno, al que se basta con su fuerza y la de los suyos para no solo evitar que la proa se vaya contra el marisco sino también para alcanzar cotas irrenunciables de felicidad. Tuviste una vida dura, desde el mismísimo día que naciste. Aquel memorable 17 de enero de 1922. Pero el destino sabe a quién elegir para garantizar que la carga llegue al final del camino.

Padre, te lo digo ahora, a cien años de tu nacimiento, cuando soy padre de tres hijos (a la pequeña, no la conociste pero tuviste tanto que ver en cómo es), qué grande fuiste. Te conocí día a día, con meses de ausencia obligada por tus obligaciones de pequeño armador, de gran patrón, a partir de tus 44 años, los que tenías cuando yo nací. Ya habías sufrido un montón, pero vivido más. Ya habías perdido a dos hijos pequeños, los dos se llamaban como tú y eran fuertes como tú, y también se llamaban como yo. Es duro rebuscar en los papeles de la familia y encontrar mi nombre entre las bajas que pueblan el cementerio viejo de Tías. Sé que prometiste no volver a poner tu nombre a ningún hijo, porque pensabas que llevaba algún tipo de maldición. Y la cumpliste nueve veces. Ni mis dos hermanos varones mayores que yo, ni las siete hermanas que me preceden tienen rastros de ese Manuel en sus nombres. Pero, como en la lotería, tu suerte venía en el décimo. Y te arriesgaste. Y me llamaste exactamente igual que ese Manuel Jesús que tuviste que enterrar entre lágrimas en una pequeña cajita mientras a madre no había quien la consolara. Te lo agradezco tanto, aunque posiblemente yo no soportara comparación con mis hermanos homónimos. Sé que querías que cuando tú no estuvieras, hubiera un hombre por el mundo, libre como el viento, con tu nombre, con tu sangre, realizando sus sueños. Y aquí estoy, padre.

Me apartaste de tu historia marinera, nunca quisiste que tus hijos se embarcaran. Para ti, eso era una vida demasiado salvaje, excesivamente dura y arriesgada, un peligro permanente al que no querías someter a tus vástagos. Apenas fui un par de veces a tu barco, apenas navegue unas millas cuando le pusiste el nuevo motor y fueron a probarlo en una vuelta de Porto Naos a la Bocaina. No sé nada de pesca, ni de barcos, ni de marineros. Salvo tus historias, que hablaban de hombres que iban a la mar sin ni siquiera saber nadar, para poder mantener a sus familias, hombres que cuando el mal tiempo arreciaba podían caer al mar y hundirse con las botas puestas de la forma más inocente. Te vi llorar la muerte de algunos de esos hombres que embarcaron contigo, tu temor al tenerle que comunicar a su familia el triste desenlace. También me acuerdo de cómo tenías que esconder el ron entre los víveres para que la decena de hombres que llevabas a bordo no se amotinaran borrachos. Y, por supuesto, no olvido la lista de hombres que se acercaban a casa, en los años ruines, para que los enrolases y así darle de comer a su familia. A veces, a algunos de esos, borrachos y vagos sin pudor, los traían obligados sus mujeres y tú los enrolabas aun sabiendo que eran más un peligro a bordo que mano de obra útil. Madre te decía que no los llevaras si no eran de fiar, pero tú le decías que cómo te podías negar sabiendo cómo lo estaban pasando. Padre, fuiste un hombre bueno.

En alguna ocasión, cuando ya estabas retirado porque el cáncer de garganta te retiró de tu querida y respetada mar, que te lo había dado todo, te decía, medio en broma, medio en serio, que cómo se puede volver a una casa donde hay una docena de personas esperando para que le des de comer, para que le des para vestir, para que los mantengas y atiendas todos sus gastos. Te aseguraba que si me veía en esa misma tesitura, con once hijos, no volvería casa. Que tenía dos y me parecía una responsabilidad muy grande. Los hijos no te dejan vivir, te decía. Y te reías. Y te reías con aquel bigotito diminuto que apenas era una fila de pelos, bien recortada, al lado del labio superior, también muy fino. Parece que te estoy viendo, padre. “Siempre tuve claro, hijo, que mi mayor fortuna la tenía aquí. Tu madre, ustedes… nunca quise más. Era feliz sabiendo que llegaría a tierra, cogería un taxi y me plantaría en Tías”. Siempre dudé de que eso fuera cierto, padre. Pensé que era lo que un padre debería decirle a un hijo. Pero supe de tus sentimientos, en aquellos calurosos meses de mayo y junio del último año del siglo pasado, cuando permanecías en aquella cama del hospital sin demasiada ilusión ya de volver a casa. El ver cómo le cogías la mano a madre, cómo se reflejaba el orgullo y el cariño en tu cara cuando ella te acariciaba tu pelo entre blanco y gris y te daba un beso en la mejilla, supe del amor que habíamos nacido sus hijos. La gran mayoría en marzo, abril o mayo, cuando volvías para pasar las fiestas de San Ginés en Lanzarote. O dos más en agosto o noviembre, coincidiendo con la estancia en casa por las fiestas de Navidad o por La Candelaria, patrona de Tías.      

Siempre lo decías, del mar saqué esta casa, del mar saqué las fincas, del mar saqué las viñas, del mar saqué mi barco, del mar saqué el sustento de todos y cada uno de ustedes. Le debías todo al mar, desde muy pequeño. Nadabas como un pez, eras un pescador hábil, te movías con soltura en los barcos y mandabas con maestría a tu marinería, a la que tratabas en el reparto con generosidad reconocida. Pero, feliz, realmente feliz, eras en Tías. Jugando con nosotros, levantándonos temprano para ir a las parras o las tierras. Lavando las barricas para hacer tu propio vino, sentado al sol debajo de la pared de la casa nueva, o escuchando a algún vecino las aventuras de Angelito en la luchada de la noche anterior.

Han pasado cien años, padre, desde el día que naciste. Nadie vendrá a recordarte en tu centenario, a pesar de que diste trabajo a cientos de lanzaroteños cuando apenas había trabajo. Nadie te pondrá en valor por tu generosidad, por tu aguerrida defensa del débil, aunque significara poner en riesgo lo tuyo, nadie. En cambio, padre, me gustaría vivir mil años más para estar aquí, dentro de diez siglos, y darte las gracias por haber nacido. Por ser mi padre. Por poner a 12 personas siempre por delante de tus propios deseos. Por convertirnos en tus apóstoles pero, sobre todo, por dejarnos ser libres sin que nos faltara tu ayuda, tu consejo y tu exigencia.

Cien años, padre. Y aquí sigues.

Comentarios  

#1 Pedro 20-12-2022 13:20
Bonita historia Manolo, y hoy se quejan de que el trabajo es sacrificado,se quejan de vicio
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