PUBLICIDAD

No me gusta nada, no me creo nada

 

La salida de la pandemia nos ha dejado en un mundo irreconocible. Y aunque los peores agoreros avisaban de que las vacunas nos inocularían chips para controlarnos y demás bazofias, a mí me preocupa qué se han inoculado los dirigentes mundiales en los dos años que estuvimos entre casa y el hospital, con la cara tapada y las manos recién lavadas. No sé en qué momento la diplomacia y los foros internacionales se declararon insuficientes para atender las demandas de los países estado y se busca un nuevo orden económico y político con exhibiciones belicistas al más puro estilo de finales de los años treinta del siglo pasado.

No me gusta nada, ni me creo nada. Ni me gusta el juego que se traen los americanos y los rusos y menos todavía que China se vea arrastrada en ese nuevo escenario mundial a un enfrentamiento militar que ponga en peligro las expectativas de vida no solo de nosotros sino también de las próximas generaciones. Estamos en un momento histórico trascendental, de eso no me cabe la menor duda. Y las pequeñas excusas para justificar movimientos que desentonan con los modos y maneras previos, que son muy repetidos y sostenidos en el tiempo, nos dan señales tan inequívocas como preocupantes.

 Ahora, Estados Unidos  y la Unión Europea descubren que su estrategia comercial del último cuarto de siglo de deslocalizar sus grandes empresas para ubicarlas  en “paraísos laborales” puede tener resultados catastróficos para sus estados no solo económicos sino también de índole de liderazgo y hegemonía mundial. Ahora parece que descubren que un pequeño país isla, Taiwán, en conflicto con la República Popular China desde sus orígenes, que esta considera parte de su territorio y del que la separan unos escasos 130 kilómetros del estrecho de Formosa, puede paralizar su grandes fábricas, por ende, su economía, porque controla la producción de los chips de la mayoría de sus aparatos electrónicos. Taiwán representa el “chino bueno” para los occidentales. Apenas, 23,5 millones de habitantes en una isla más pequeña que Extremadura, frente al coloso “chino malo” de más de 1400 millones de personas y casi veinte veces mayor que España. Los potenciales económicos tampoco son comparables, aunque en el aspecto tecnológico reduzcan diferencias.

Mientras Rusia dispara sin descanso sus armas en Ucrania, que está sostenida por Occidente para que desgaste al enemigo del Este mientras le destrozan el país entero y le arrebatan gran parte de él, y enloquece a Europa entera, en respuesta de las sanciones económicas, abriendo y cerrando el grifo energético a discreción y provocando miedos e inflación preocupantes, Estados Unidos y la Unión Europea buscan opciones. La economía global total se desmorona. Ahora se trata de cortarle “el gas” al galopante crecimiento de la economía asiática y de potenciar, de nuevo, la autosuficiencia del “bando bueno”, del nuestro, especialmente la tecnológica y productiva dentro de sus fronteras. El engranaje de los grandes ejes de distribución corren peligro y con él todos nosotros. No parece muy fácil de conseguir el dejar a China fuera de forma pacífica. Ni tampoco a Rusia. Y, en eso, ya no estamos hablando de futuro. El presente ya humea pólvora a sus mayores niveles de sofisticación y destrucción.

Parecía que, a estas alturas históricas, tocaba salvar el planeta del calentamiento global y el cambio climático. Pero no, parece que sigue siendo más importante dejar claro quién manda en el mundo y dónde está la hegemonía mundial política, económica y militar. Aunque eso nos cueste acelerar nuestra propia destrucción global. Y qué más da, lo importante es que se sepa quién mandó hasta el final. ¡De locos!  

Escribir un comentario

Código de seguridad
Refescar