
Durante siglos, las Islas Canarias estuvieron relegadas al reino del mito, sombras desvaídas en las crónicas de Plinio el Viejo. Sin embargo, al amanecer del siglo XIV, ocurrió lo impredecible: un navegante genovés, Lanzarotto Malocello, empujó su proa más allá de las Columnas de Hércules y, hacia 1312, desembarcó en una tierra que el tiempo había olvidado. No fue solo un descubrimiento, sino el inicio de una revolución visual y política impresa de forma indeleble en los pergaminos de los más grandes cartógrafos de la época.